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28.7.05

La realidad del mercado de la música

Gracias a esta noticia, me he enterado que Sony BMG Music ha llegado a un acuerdo extrajudicial con el fiscal general del estado de Nueva York, Eliot Spitzer, por valor de 10 millones de dólares. ¿Por qué? Por reconocer que «sus empleados» habían sobornado a emisoras de radio para que emitiesen sus canciones y no las de la competencia (lo que en inglés se conoce como payola). Los términos del acuerdo están aquí y los documentos de la citación aquí.

Por supuesto, la empresa discográfica rechaza la conducta de algunos de sus empleados, que de ningún modo estaría instigada por ella misma. Hasta que no nos demos cuenta que los derechos de autor (como protección exclusiva de un editor) son una anomalía que necesitamos regular muchísimo mejor, el problema de la música, o la creatividad y la cultura en general será el de una serie de señores feudales que rapiñan algo que está mucho más allá de ellos mismos.

26.7.05

Freedom of Expression®

El título de este comentario es el título de un libro (con subtítulo Overzealous Copyright Bozos and Other Enemies of Creativity) y una marca comercial registrada en Estados Unidos. El libro se vende en formato impreso y se distribuye en internet bajo una licencia Creative Commons (puede descargarse aquí.

El argumento del libro es simple: la interpretación maximalista de la «propiedad intelectual» tiene un impacto claramente negativo tanto en la creatividad y la investigación como en la cultura y la libertad de expresión. Y para que eso no creamos que esto son bellas teorías, consideraciones formalistas o meras palabras, McLeod lo muestra con historias reales. El libro está escrito por un autor estadounidense y los casos son en su gran mayoría de ese país (su imperialismo no son sólo sus modelos culturales, sino su regulación extrema de la «propiedad intelectual», ambos exportados al resto del planeta).

Una perla de este libro es mostrar que la colisión entre los derechos de autor y la libertad de expresión no son una cuestión moral. Lo muestra la historia de Briana Lahara, una niña de doce años a la que la Recording Industry Association of America acusó de «piratería», esto es, de descarga ilegal de canciones de internet, exigiendo daños de ciento cincuenta mil dólares por canción descargada (cantidad que la ley estadounidense cifra para cada infracción deliberada de derechos de autor). Briana vivía en una vivienda de protección oficial en la ciudad de Nueva York, tenía dos mil dólares ahorrados durante toda su vida. Su madre consiguió un acuerdo extrajudicial por esa cantidad. Y, como cuenta esta historia, la niña tuvo que declarar en la rueda de prensa de la RIAA:

I am very sorry for what I have done. I love music and I don’t want to hurt the artists I love.

Esto no impide que con la introducción del CD, en el que las discográficas estaban muy interesados, porque sus costes de producción eran menores, y sin rebajar el precio del CD respecto a al vinillo o al cinta, la ganancia era mayor (o los precios estaban inflados, según se vea). Tampoco importa si las grandes discográficas estadounidenses fueron declaradas culpables de fijar un precio de venta progresivamente creciente de los CDs durante la década de los noventa. Y por si teníamos dudas de a qué destinaban las discográficas las ganancias de la venta de discos, las discográficas no siempre pagan lo que deben a los artistas (como reveló en 2004 el fiscal general del Estado de Nueva York).

McLeod describe muy bien este paisaje en el que la «piratería» tiene lugar:

Production expenses fell, consumer prices rose, and artist’s royalty rates stayed the same—when artists were paid at all.

El libro habla por sí solo. Nos dará que pensar.

Hablar de oídas

Es muy posible que no debamos hablar de lo que no conocemos, porque nos arriesgamos a equivocarnos. Quizá un ejemplo claro es esta entrevista de El País a Carol Bartz, directora general de Autodesk.

Que me disculpe la señora Bartz, pero sus respuestas a las tres últimas preguntas desentonan con su indudable capacidad profesional.

Denominar «robo» a la «piratería», viene siendo ya un tópico, que la verdad, demuestra poco conocimiento de la lengua española. Aunque quizá este punto se lo debamos a la entrevistadora, Ana Pantaleoni (pero el problema sigue siendo de Carol Bartz, puesto que la entrevista original está en español). El robo se distingue del hurto por el empleo de la violencia, y por definición no puede se emplea violencia en una copia en la que no se conoce al copista. Se puede ser tan extremista como para llegar a pensar que la «propiedad intelectual» es exactamente igual que cualquier otro tipo de propiedad (pero sólo para el autor y/o editor), pero eso no convierte la copia no autorizada en robo.

Parte de la retórica del «robo», engloba otra falacia muy común, el pensar que toda copia no autorizada es una venta perdida. Entender esto es tan sencillo es que las obras intelectuales no son manzanas. Cuantificar la pérdida de una copia no autorizada exige mostrar algo más que mostrar una presunta venta no realizada y mostrar también que esas copias no autorizadas no generan el beneficio de que sus productos se hayan convertidos en los programas de referencia en sus respectivos sectores.

Respecto a la programación informática libre, Bartz juega con la ambigüedad en inglés de free software, esto es «programación informática libre» y «programas gratuitos». Respecto al consejo materno («mi madre siempre me decía que se consigue lo que se paga») y la recomendación de ella misma («usted podría hacer periodismo gratuito»), sólo revelan que lo que no entiende es que la programación informática libre es un modelo de cooperación para el desarrollo informático, que la entrevistada no parece entender, y no un modo de conseguir programas gratuitos.

Una cita interesante

El autor de una de las bitácoras más interesantes de la red (o al menos de las que a mí me interesan), Lawrence Lessig, está de vacaciones un mes y durante ese tiempo ha anunciado que él estará desconectado de la red y que su bitácora tendrá invitados.

Sin que otros desmerezcan en absoluto (como Jimbo Wales, fundador de Wikipedia), creo que la más interesante es Hilary Rosen, antigua directora ejecutiva de la RIAA (la Asociación Estadounidense de la Industria Discográfica). Rosen ha publicado un extenso e interesante comentario a la resolución judicial del Tribunal Supremo estadounidense en el caso MGM vs. Grokster (The Wisdom of the Court).

Desde luego, será interesante ver la visión de alguien que ha trabajado al más alto nivel de la industria discográfica en una época de cambio tecnológico. Sus opiniones son importantes, no tanto porque puedan ser las «oficiales», sino porque se trata de alguien que conoce cuáles son las pretensiones de los editores.

22.7.05

Dos lecturas frente a la «piratería»

Según cuenta Cory Doctorow en esta nota, J.K. Rowling, la autora de la saga de Harry Potter rechazó lanzar una edición electrónica de la última entrega por miedo la «piratería».

A pesar de que no existe una versión electrónica del libro de recientemente editado en inglés, un grupo de afincionados a la obra han escaneado la obra, han corregido los errores y la han publicado en internet. Todo ello en veinticuatro horas.

Desde luego no se puede negar a los titulares de la obra (cuya reserva de todo derecho, si no me equivoco, Rowling ha vendido a Warner Brothers) han hecho gala de una estrategia empresarial de primer orden. Y además se afirmarán en sus miedos ante internet y la «piratería» (e incluso pretenderán controlar la primera invocando la segunda). También la misma ceguera se vería confirmada ante una versión electrónica restringida (o con «protecciones digitales»).

Toda la ceguera se cifra en no querer reconcer que la tecnología digital nos permite cosas que no serían posibles de otro modo (y las presuntas «protecciones digitales» es un modo, ya no de control, sino de poder tener menos posibilidades con cosas que son de nuestra propiedad).

Todo el «problema» de un mundo digital es que para poder aprovechar su potencial (también de negocio), hay que jugar según sus reglas y no tratar de cambiar el juego para adaptarlo a un mundo de dinosaurios que se van extinguiendo.